#razonesCIErre: Jairo
Porque razones no faltan, porque estamos hartos de escuchar las vejaciones y atropellos que se cometen en los CIE, porque ningún ser humano tiene que sufrir la humillación ser encarcelado, despojado de sus pertenidas y sometido a un régimen penitenciario por no tener papeles. Porque NADIE tiene que pasar por lo que pasó Jairo.
Jairo (nombre ficticio) llegó al aeropuerto boliviano de Santa Cruz con un chaleco inmovilizador — una camisa de fuerza— y escoltado por dos policías españoles que lo habían vigilado durante el vuelo de España a Bolivia. Eran los mismos agentes a los que denunció horas después por las vejaciones y torturas que, según cuenta, sufrió antes de montarse en el avión.
El viaje comenzó el 28 de junio por la tarde. Jairo, boliviano de 25 años, llevaba 55 días encerrado en el CIE de Aluche por no tener papeles. A través de los altavoces del centro, escuchó que lo llamaban por su número de identificación y le pedían que se presentara en la entrada con sus pertenencias. Al llegar, varios agentes de la Policía Nacional lo esposaron y lo montaron en un vehículo, sin comunicarle el destino al que se dirigía. Solo al llegar al aeropuerto madrileño de Barajas le informaron de que iba a ser deportado, sin concederle la oportunidad de avisar a sus familiares ni a los miembros de Pueblos Unidos que lo visitaban semanalmente.
Al llegar al aeropuerto de Barajas, le pidieron que vaciase sus bolsillos y lo registraron “completamente desnudo”, asegura el joven. Cuando pudo volver a vestirse, los agentes le colocaron un chaleco inmovilizador. Lo que sigue es el testimonio que Jairo realiza en la denuncia por maltrato que ha efectuado contra los policías: “me presionaron las manos y los codos, por tal motivo casi me caí y me empezó a presionar el cuello con las dos manos uno de los policías. Luego me colocaron en la pared de frente y presionaron con la cuerda de la camisa de fuerza, que parecía un chaleco, hasta que casi pierdo el conocimiento. Me caí nuevamente y me agarraban las piernas pisándome para que no me moviera”.
Jairo no podía andar porque tenía las piernas atadas a la altura de los pies, por lo que en cada uno de los desplazamientos era arrastrado por los policías, que no accedieron a su petición de que al menos lo dejaran caminar solo. Al subirlo a la furgoneta que le llevó a otra zona del aeropuerto, más cercana a la salida del avión, Jairo denuncia haber sido amenazado, golpeado y pateado repetidas ocasiones mientras permanecía inmóvil en el suelo: “uno de los policías me agarra del cuello y me tumba al suelo presionándome la cara contra el piso, arrastrándome. Y les decía que no quería irme y por tal motivo seguían golpeándome. Luego me tumban totalmente y las piernas me las atan como si fuera un animal”. Al menos seis policías lo acompañaron hasta la zona de embarque y lo subieron al avión en volandas, “agarrado de pies y manos”.
Una vez en el asiento, volvieron a inmovilizarlo. “Le decía que no me hagan daño, que ya estaba sangrando mucho”. Algunos de los viajeros que iban ocupando su sitio se quejaron y reprocharon a los policías el trato que estaba recibiendo, asegura el joven. Incluso, uno de ellos comenzó a grabar con su teléfono móvil, pero uno de los agentes le exigió que se detuviera y borrara el vídeo. “Toda la tortura duró hasta que se llenó el avión y ellos no me soltaban del cuello y las manos”. Solo cuando habían transcurrido cuatro horas de vuelo, le aflojaron algunos de los cinturones que lo inmovilizaban.
Al llegar al aeropuerto de Santa Cruz, la policía boliviana le preguntó que qué había ocurrido. “No podía explicarle porque no tenía valor de nada”. Desde una cabina de teléfono llamó a una de sus tres hermanas que viven en España para pedirle que se pusiera en contacto con su familia y le avisara de que estaba en Bolivia. No tenía dinero para viajar a casa, no podía moverse por los dolores que le atravesaban el cuerpo y, a pesar de que en su país era invierno, no tenía ropa de abrigo porque su maleta no llego a aparecer. Lo dejaron con lo puesto.
El examen del médico forense que lo atendió pocas horas después asegura que el joven presentaba contusiones con hematomas en la cara, el cuello y los hombros, los brazos, las rodillas y el tobillo izquierdo. Este informe ha sido enviado junto a la denuncia que Jairo ha interpuesto en el Juzgado de Instrucción número 6 de Madrid, encargado del control del CIE de Aluche.
En esa denuncia, Jairo relata el dolor físico y la sensación de haberse sentido humillado y tratado como un “delincuente”, pero hay otro dolor, el que realmente le retenía en España, que es el de no poder ver a su hijo. En los dos últimos años, había conocido a una mujer con la que convivió durante un tiempo hasta que perdió el trabajo de cuidador que los mantenía a ambos. Cuando la joven volvió a su casa materna, el estado de su embarazo era muy avanzado y el niño nació poco después, en febrero de 2011. Los familiares de la mujer no permitieron que el bebé llevase los apellidos de su padre. Cuando fue detenido, Jairo estaba tratando de conseguir el reconocimiento de su paternidad.
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La historia de Jairo la escribí para el informe "Miradas tras las rejas", que Pueblos Unidos publicó el pasado mes de diciembre y que denuncia las condiciones de vida de estas encubiertas cárceles para inmigrantes sin papeles.